Sábado, 04 de noviembre de 2006
Cuando yo era pequeña, teníamos un perro. Un pastor alemán enorme que se llamaba Irk, pero nosotros le llamabamos chiqui. Estaba enfermo de todo desde muy pequeño... Y era bueno, bueno con todos. Recuerdo que tenía una orejas enormes y siempre las acariciaba... También tenía los colmillos muy grandes y le faltaba uno abajo porque se le rompió jugando con una pelota. Siempre tumbado, con sus orejas plantadas y mirando con sus grandes ojos marrones todo lo que había alrededor.
Irk era de mi padre, lo ponía en su placa, pero por alguna extraña razón me eligió a mi. Me seguía por todas partes y nunca me dejaba montar en bici o bañarme en la piscina porque se ponía nervioso, no quería que me hiciese daño y me cogia del brazo. Yo era pequeña, y que no me dejara jugar me molestaba pero yo le quería, le quería más que a nadie en el mundo... Los dos nos fuimos haciendo mayores, y él estaba cada vez más enfermo. No salía nunca al jardín, siempre estaba tumbado en su cama. Cuando yo volvía del colegio mi madre siempre me decía que fuera a hacerle un mimito, que eso le gustaría... Y yo iba, y me sentaba con él, a rascarle las orejas... Y un día, volví del colegio y le dije a mi madre: "voy a hacerle un mimito a Irk" y entonces me dijo "Irk ya no está...". No dije nada. Y no lloré porque no quería que nadie me viera.
A los días mi padre me regaló la chapa que había encargado para mí: ponía mi nombre. Ese es con diferencia, el mejor regalo que me han podido hacer en la vida. Ni el iPod, ni la gameboy ni nada lo podrá superar jamás.
Nunca he hablado de esto con nadie porque cuando lo recuerdo me pongo a llorar, porque siento, que nunca le demostré a mi perro lo mucho que le quería siendo él, un perro tan especial.
Por: chisa | Vida pez | Comentarios (0) | Referencias (0)

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